¿Porqué el conformismo le ganó a nuestro espíritu emprendedor?

¿Qué le sucedió a nuestro Espíritu Emprendedor, y porqué ganó el conformismo?

Cuando niños, éramos seres curiosos e inquietos que disfrutábamos explorando todo cuanto estaba a nuestro alcance. No cesábamos en nuestra intención de formular toda suerte de preguntas, incluso aquellas para las cuales no había una respuesta obvia ni fácil. Nuestra inquietud por aprender y conocer lo que aun no sabíamos nos invitaba a asumir riesgos, quizá temerarios para el criterio de nuestros mayores. No sentíamos culpabilidad alguna ante decisiones erradas que hicimos en pasado, ni temor ante la incertidumbre que entonces nos deparaba el futuro.

Éramos felices viviendo nuestro presente con la candidez de los tiernos años de la infancia; aprendíamos captando como esponjas todo aquello que nos apasionaba al creernos libres en un mundo pleno de oportunidades; jugábamos y nos atrevíamos a socializar con otros niños, expresando nuestras emociones, desplegando nuestra iniciativa con pasión, y atreviéndonos a crecer, mientras asumiamos más y más responsabilidades, hasta convertirnos algunos de nosotros en frustrados, deprimidos, estresados y preocupados adultos.

¿Qué sucedió en el tránsito de nuestra niñez a la vida adulta para que nuestra pasión por aprender, asumir riesgos, y explorar lo desconocido se desvaneciera lentamente, y amenazara con extinguir nuestro espíritu emprendedor primigenio, que es una condición inherente a la esencia humana, con la que todos nacemos, y que de niños, la intentamos expresar de una y mil maneras a través de nuestra creatividad e imaginación?

Zona de confort vs emprender

Siendo niños, asumíamos una actitud positiva y nuestro fuego interior estaba activado para expresar nuestra innata creatividad y desarrollarnos como potenciales emprendedores. Queríamos ser libres para expresar nuestra creatividad en cotas insospechadas. Precisábamos disfrutar explorando y haciendo lo que verdaderamente nos apasionaba.

Desafortunadamente, y pese al hecho de haber sido capaces de desarrollar un potencial inusitado para expresar nuestro espíritu emprendedor, factores como la crianza sobreprotectora del entorno familiar, los dogmas sociales imperantes, el sesgo impuesto por la educación tradicional, la conveniencia de conducir nuestras vidas conforme a las expectativas de otros, y las experiencias vividas en ambientes laborales tóxicos, pudieron haber sido lo suficientemente poderosos como para ahogar paulatinamente nuestro potencial de emprender, y condenarnos a la resignación de vivir con un temor creciente a experimentar, prefiriendo así, a apostar a lo seguro, aferrándonos a lo predecible, y dedicando tiempo, energía y esfuerzo a la construcción de nuestra personalísima zona de comodidad.

Reflexiones para aquellos emprendedores que desean potenciar su vida profesional

Las siguientes reflexiones expresan fehacientemente las tribulaciones que suelen experimentar quienes dudan, temen o desconfían de la expresión plena de su espíritu emprendedor, como medio para desarrollar y potenciar su vida profesional. Veamos:

  • Tengo una excelente idea, y quisiera comunicarla en la empresa para la que trabajo, y generar así, un proyecto con potencial transformador. No obstante, prefiero ser cauto y mantener mi idea en reserva, porque estoy seguro que mi proyecto no tiene posibilidad alguna de desarrollarse en mi organización.
  • Aunque estoy trabajando sin pasión en un rol que no me gusta, y en el que cada día parece una copia exacta del día anterior, es muy fácil hacer lo que hago, y sentirme seguro mientras perciba que ningún agente externo será capaz de perturbar mi zona de confort.
  • Para ser un emprendedor exitoso hace falta tener suerte, dinero, perseverancia, excelentes socios, y un afán desmedido por asumir riesgos. No soy ese profesional superdotado que está dispuesto a arriesgarse, a persistir y a asumir riesgos de semejante magnitud.
  • Tengo 9 meses en paro, y ya estoy cansado de esperar por un empleo que por más que lo intento, no llega. No tengo otra alternativa que resignarme, y encontrar la manera de ganarme la vida siendo un emprendedor.
  • El posible fracaso en mi iniciativa emprendedora no es tema de mi incumbencia, si el factor clave de éxito está condicionado al hecho de tener control absoluto de externalidades que no estoy en condiciones de anticipar y asumir, como por ejemplo, el efecto de la crisis económica global.
  • Mi amigo Pablo ha sido exitoso implantando su modelo de negocios en la Internet. Voy a aventurarme a desarrollar mi propio proyecto, y veamos cómo me va. Con afán y algo de suerte, seguramente me irá bien.

Y entonces, es el momento de preguntarnos con acuciosidad y sentido crítico, qué ha sucedido con nuestro espíritu emprendedor, que ahora que somos adultos, y hemos aprendido de nuestras vivencias y experiencias, este decide permanecer oculto, minimizado y enmascarado detrás de la fachada impuesta por nuestros miedos, dogmas y prejuicios, cuando bien pudiera emerger como la respuesta que conviene aceptar, para impregnar a nuestras vidas de un verdadero sentido de propósito y de trascendencia.

10 razones por la que dejamos de emprender

Analicemos, entonces, los factores que pudieran haber desencadenado tan importante cambio en la forma en la que percibimos el mundo, tomamos decisiones, nos relacionamos con otros y nos dinamizamos para actuar o evitar hacerlo, ante cualquier dificultad e incertidumbre. Veamos:

1. La exposición controlada al medio ambiente

Cuando somos pequeños nuestro círculo familiar creé que negándonos o restringiéndonos el acceso a ciertas experiencias aprendizajes y vivencias, nos protegerán de algunos eventos susceptibles de afectar nuestra integridad emocional y/o física. Nuestro espíritu emprendedor comienza a ser cuestionado ante las aplastantes evidencias de una realidad “perfectamente controlada”, que niega y frena nuestra ansia de soñar, experimentar, crear y aprender.

2. La educación tradicional merma nuestra vena emprendedora

Uno de los traumas que adquirimos a partir de nuestra progresiva exposición al sistema educativo, ha sido la pretensión sutil, pero definitiva de estar siendo capacitados, formados y educados, no para ser emprendedores, sino para ser muy buenos gerentes, o disciplinados empleados.

3. Enfrentando el estigma social

Nadie osará decir que en alguna etapa de su vida, no ha estado influido por el estigma de percibir que es socialmente aceptable, y una evidencia de éxito, el estar trabajando, en un rol de responsabilidad para una empresa de reconocido prestigio. No sucede lo mismo respecto al hecho emprendedor, que salvo excepciones, suele ser reconocido por la sociedad como una actividad profesional menor, acaso un divertimento, o quizá el resultado de una decisión poco responsable, a la que muchos pudieran calificar como romántica, riesgosa, y pobremente enraizada a la realidad.

4. El peso del estatus socioeconómico

La sociedad, mediante la educación, el reforzamiento conductual por los medios de comunicación, el fomento del consumismo, y la presión del círculo familiar, ha reforzado la idea de que la clave del éxito personal se alcanza en función de la solvencia financiera que una persona desarrolla y es susceptible de mejorarla a través de su progresión profesional. Dime cuál es tu retribución, adonde viajas en las vacaciones, y cuales activos posees, y te diré quién eres.

5. La insidiosa incertidumbre

Pocos de nosotros hemos sido capaces de desarrollar nuestra inteligencia emocional, y las competencias resilientes necesarias, para aprender de los errores, perseverar en nuestra iniciativa de desarrollar nuestra idea, manejar la incertidumbre implícita en toda iniciativa emprendedora, y estar dispuestos a comenzar de nuevo si es preciso; cuando en realidad siempre se ha enfatizado a favor de la conveniencia de favorecer nuestro desarrollo profesional, asumiendo el menor riesgo posible, y buscando en ello, el camino de menor incertidumbre, análisis que puede ser perfectamente válido y relevante, cuando es pertinente proveer a nuestro núcleo familiar de educación, vivienda, vestido y alimento.

6. El dilema de renovarse o morir

No fuimos educados para cuestionar y retar analítica y creativamente las premisas, asunciones, dogmas y enfoques que forman parte del orden establecido. Aprendimos que atreverse a innovar era una apuesta muy arriesgada, tras la cual se ocultaba la posible incidencia de una falla o error. Nuestra capacidad de soñar, construir una visión, y trabajar incansablemente para ir tras ella y hacerla realidad, muchas veces se ha estrellado ante la inmediatez en producir resultados. Para ser emprendedores de éxito, necesitamos desaprender todas aquellas dinámicas que potencian nuestras creencias limitantes, nos anclan en el corto plazo, y nos inducen al conformismo.

7. El germen del “Presentismo”

En tiempos de crisis, tanto algunas organizaciones como un cierto número de colaboradores parecen estar tácitamente de acuerdo, en que la mejor táctica para conservar el empleo es la de permanecer día a día, tanto tiempo en el lugar de trabajo, como sea necesario y conveniente, sin importar lo mucho o poco, que el colaborador desmotivado haga o deje de hacer. Una práctica lamentable y desafortunada, cuando la organización más bien, debería apostar a desarrollar una cultura de innovación, donde directivos, gerentes y colaboradores coinciden en trabajar colaborativamente, con un sentido de propósito positivo, y con el ánimo de generar una dinámica transformadora.

8. El afán de competir en vano

Aprendimos que el éxito se conquistaba compitiendo agresivamente, privilegiando el valor del individualismo sobre el afán colectivo, obviando la necesaria interdependencia con el otro, y aceptando con reticencia la invitación a formar e integrar equipos de trabajo. Aprendimos a ser colaboradores enquistados en un silo funcional, y a ser gerentes con excelente don de mando y autoridad, pero no profesionales creativos y apasionados para atrevernos a crear, influir e innovar como emprendedores.

9. La preferencia por el desarrollo profesional en clave recurrente

En el contexto de muchas empresas y organizaciones, aun es común encontrar que empleadores, headhunters y reclutadores, prefieren contratar a un buen profesional que ha acreditado experiencia progresiva en una sola compañía, asumiendo un único rol, y desarrollándose en el mismo sector económico, que a un profesional creativo, exigente, que ha experimentado varias transiciones de carrera, y ha sido capaz de desarrollar por su propia cuenta e iniciativa, su proceso de formación y su Ruta de Carrera.

Es una ingenuidad, aceptar que una cultura de innovación sea posible gestionarla, cuando la organización, se resiste a cambiar sus prácticas, y reniega de la incorporación de talento emergente, creativo, dispuesto a asumir riesgos, y con una visión generalista, fresca y amplia del entorno de negocios.

10. ¿Quién se apropiará de mi idea?

El emprendedor ha de estar dispuesto a correr riesgos que serían impensables esperar en un colaborador que asume un rol estable en una organización de sólido prestigio. Muchas ideas, fenecen al fallar la comunicación oportuna ante quienes pudieran ayudarnos a impulsarlas. Quien no se atreva a combatir sus dudas, miedos y aprehensiones con la pasión, el sentido de propósito, el afán de trascendencia y la perseverancia de quien creé en términos absolutos en su idea, podrá ser un colaborador eficaz, o un excelente Gerente, pero difícilmente, un genuino emprendedor.

Conclusiones

Se habla mucho del rol del trabajo colaborativo, de la Gestión del Conocimiento, de la inversión en Tecnología, del compromiso de los mandos directivos, de las buenas prácticas de Gestión de Talento Humano, y de las políticas de incentivos, como factores necesarios para implantar una cultura de innovación, que permita a las empresas ser competitivas, incluso en los contextos de negocios más difíciles, conflictivos e inciertos que pudiesemos imaginar.

Dentro de lo más importante y que muchas veces olvidamos, es que también necesitamos de profesionales apasionados con genuino espíritu emprendedor, capaces de encender la llama de su creatividad, desarrollar su pensamiento estratégico, y expresarlo en nuevas ideas, proyectos transformadores, y en innovación con legítimo valor de negocios.

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